Posadas-Encarnación, el muro argentino

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Barrera. El muro, que separa a la capital de Misiones de la ciudad paraguaya, es detestado por la mayoría de los habitantes. Foto Mario Quinteros.

La estructura de hormigón armado, de 1.300 metros de largo y 5 de alto, controla desde hace años el paso en la aduana.

Por Graciela G. de Kuna, doctora arquitecta

Al no encontrar otra forma de controlar el tráfico vecinal de nuestra frontera con Paraguay, el Estado Nacional y el provincial de Misiones, junto a la Entidad Binacional Yacyretá, hace años hallaron en un muro de hormigón armado de 5 metros de alto y 1.300 de largo, la manera creativa de resolver el problema del cobro de tasas aduaneras… ¿Es la muralla un recurso novedoso para la resolución de la temática de frontera?

Por cierto, no: desde la más remota antigüedad y hasta la aparición y uso de la pólvora en Occidente (que volvió a esos muros de barro, adobe y piedras inútiles ante las balas de cañón) se intentó resolver el problema defensivo mediante su permanente construcción y mantenimiento. Ingentes cantidades de energías, materiales y dinero fueron destinadas a ello cobrando los muros dimensiones descomunales en algunos casos de hasta de 8 metros de espesor. Es que ese era el límite en donde la vida se podría dirimir entre ser de intra o extra muros. La protección de la ciudad, sus habitantes y riquezas, era la primera de las prioridades de esos estados.

Así fue como las murallas de Atenas la unían a su puerto del Pireo mediante un doble muro separado por la anchura de un carro, tratando de evitar que en tiempos de invasión fuera cortado el suministro. No sólo estaba amurallada la ciudad de Atenas y su conexión con el puerto, sino también el puerto mismo que además tenía una entrada menor; ambas bocas, protegidas por cadenas que se izaban o bajaban en función de impedir o permitir el acceso al interior de sus bahías.

Otro caso por demás impresionante fueron las murallas de Babilonia, en su tiempo la mayor ciudad de la Mesopotamia Asiática, con un cinturón defensivo inclusive sobre la costa del río Éufrates. Babilonia estaba compuesta en realidad por una sucesión de recintos como cajas chinas, separados por muros y que contaban con ocho puertas dedicadas a los Dioses: estaban en sus manos, ellos permitían o no el acceso a los distintos espacios de la ciudad.

El venerado Muro de los Lamentos del pueblo judío es el resto que queda de la defensa externa del Templo de Salomón en Jerusalén. Erecto sostiene la promesa de Dios de que siempre quedará algo del Templo, destruido por los babilonios y luego por los romanos, como manifestación de la alianza de su pueblo con Él.

Una de las virtudes bélicas atribuidas a Alejandro Magno se basó en la gran altura de sus torres de asedio que le permitieron avanzar por sobre las murallas y sus adarves, artefactos que hasta su llegada había sido muy eficientes en la defensa de las ciudades que arrasó. El recurso entonces para contrarrestar sus efectos fueron fosos profundos llenos de agua antecediendo a las murallas que debían cruzarse mediante un puente de madera levadizo.

Sin duda los muros de Bizancio, luego Constantinopla y actual Estambul, fueron una manera altamente eficaz de defensa de la ciudad, con torres de avistaje de las que todavía pueden apreciarse sus restos mantuvieron la ciudad a salvo de asaltos durante casi 1.000 años.

Actualmente la ciudad de Marrakech, en Marruecos, orgullosamente sigue manteniendo su muralla de barro y adobe que rodea el recinto de la ciudad antigua o Medina desde el siglo XII, abrazando los barrios históricos de trazado intrincado y laberíntico.

Sería interminable la lista de murallas y muros. Podríamos mencionar la muralla China, que defendió su territorio con dimensiones únicas nunca más vistas y que en parte coincide con la Ruta de la Seda. O a París, por demás exitosa, ya que tuvo que ampliar tres veces sus murallas antes de que cayeran en desuso, su registro se ve aún hoy en el plano de la ciudad como líneas concéntricas con respecto a la Isla de la Ciudad donde está Notre Dame; ello fue debido a que la gente más pobre establecía su casa usando la muralla y así se ahorraba de construir la cuarta pared; al derrumbarla por ampliación, quedaban las viviendas, esas estrías pueden leerse como cicatrices que dan cuenta de su devenir.

En el siglo XVI los muros fueron reemplazados por leyes y convenios que establecieron los límites entre el adentro y el afuera. Muchos de ellos ostentan orgullosos el nombramiento de Patrimonio de la Humanidad que otorga la UNESCO.

A partir de la finalización de la Segunda Guerra Mundial, Alemania fue dividida por el Muro de Berlín, que entre 1961 y 1989 fue una de las formas de tangibilización de la llamada Guerra Fría entre las potencias del Este y del Oeste y que quebró durante esos casi 30 años el vínculo entre familias que vivían de uno u otro de sus lados.

Cualquiera de esos intentos por delimitar un pequeño espacio del resto fueron siempre defensivos. Estos muros se ven reeditados y actualizados con un grosero cambio de función por las arengas del señor Donald Trump, presidente de la mayor potencia occidental. Como muchos de sus connacionales, él ve en los mexicanos a sus enemigos económicamente asediantes y por ello el recurso añejo viene a cuento.

Nuestro país, siempre a la vanguardia, hace ya unos años que tiene su muro. La vergüenza materializada, complicando el tránsito interno y el fronterizo. También afeando, y no es cosa menor, la vista maravillosa del río Paraná que tiene la ciudad de Posadas y el paisaje urbano que despliega la ciudad de Encarnación sobre la otra orilla. Lo peor es que se hizo perturbando las buenas relaciones con nuestros vecinos paraguayos. Con ellos nos unen lazos que trascienden la economía y se fundan en la familiaridad, en la amistad, pero también en la ayuda mutua que generosamente ofrecen ambas orillas y que en situaciones de desastre fueran tan beneficiosas, basten para ello dos ejemplos, aunque hay numerosos. Cuando un tornado asoló Encarnación en 1926 del que año pasado se cumplieron 90 años y que dejó un saldo de 300 muertos, la ciudad de Posadas fue quien implementó el socorro cruzando el río médicos, enfermeras y otros en ayuda de las víctimas, muchas fueron traídas al lado argentino donde además se conformó un banco de sangre y los ferrobarcos que desde 1913 materializaron el cruce del ferrocarril y permitieron extender las vías para que el tren uniera Buenos Aires y Asunción, se convirtieron en hospitales flotantes y refugio de los que habían quedado sin casas.

En los ’90, cuando se incendió casi totalmente la municipalidad de Posadas, con tanto deterioro que posteriormente tuvo que ser demolida por seguridad, el camión de los bomberos encarnacenos cruzó con premura el puente San Roque González de Santa Cruz en socorro del siniestro.

Estos y otros hechos de mutua solidaridad, y que reconocen los vecinos de ambas ciudades, hicieron que la mayoría de la población de Posadas detestara la idea del muro desde el mismo tiempo de su construcción, por más que las autoridades lo quieran adornar con lomaditas verdes y enredaderas que oculten el oprobio.